Una posibilidad de impactar de manera positiva el futuro.

Un territorio sostenible y competitivo es capaz de abastecerse en su entorno inmediato, y esto no será posible sin un uso y una gestión eficientes de los recursos naturales.

Slendy Katalina Díaz Méndez
Ingeniera Civil
Fundadora y editora de
Activist Magazine.
Consultora en Economía
Circular y simbiosis
industrial.
Consejo asesor del Cluster
de Habitat Sostenible

El término ecosistemas urbanos hace referencia a ecosistemas creados por el hombre, y, por lo común, se asocia a grandes parques urbanos, aunque también abarca las ciudades, en tanto están conformadas por una gran comunidad de seres vivientes. Visualizar y analizar los ecosistemas urbanos como un todo, como un enorme conjunto de interacciones, nos permite comprender que cada acción altera negativa o positivamente dicho conjunto. Las ciudades no son solo selvas de cemento, son una gran comunidad de seres que genera unos impactos permanentes en términos de consumo de agua, energía, calidad de aire, ruido, iluminación, generación de residuos, demanda de alimentos y demanda de recursos naturales para las actividades productivas, construcción de infraestructura, edificaciones y espacio público, entre otros.

En una ciudad conviven de manera simultánea sus habitantes, sus visitantes, árboles, plantas de diversa índole, aves, insectos, reptiles, animales domésticos, microorganismos, y cuerpos de agua naturales y artificiales. En tan solo en un árbol habitan aves, insectos, musgos, epífitas, roedores, reptiles, etcétera: tan solo un árbol representa el hogar de muchas especies. A su vez, un conjunto de árboles cercanos entre sí constituye, por ejemplo, un corredor de aves y así se van enlazando las especies que habitan un territorio. Posiblemente, no nos detenemos a analizar esta interacción, pero ocurre de manera permanente.

Un ejemplo de esta interacción es el fenómeno de calidad de aire en Medellín y el Valle de Aburrá. Un reciente estudio realizado para analizar este fenómeno y poder identificar posibles soluciones, mostró, para sorpresa de muchos, que uno de los factores determinantes de la baja calidad del aire es la deforestación de algunas de las laderas del valle del río Medellín. Una de las conclusiones es la siguiente: el valle del río Medellín está originalmente conformado por bosques que ocupaban las laderas y conformaban una gran barrera verde que mitiga el efecto de isla de calor de la ciudad. Las corrientes de aire, al pasar por estas zonas vegetalizadas, se enfrían y esto genera un diferencial de temperatura que ayuda a evacuar los gases de efecto invernadero, a este efecto se suma el impacto que genera la absorción de CO2 que realizan los árboles.

La intensificación de la actividad de construcción en dichas laderas ha causado la pérdida de la capa vegetal, y en consecuencia se alteró el diferencial de temperatura, se perdió el efecto de enfriamiento que antes realizaban los árboles y el bosque nativo, mientras que el aire caliente y los gases de efecto invernadero quedan retenidos, lo que ha acentuado los fenómenos de mala calidad de aire en la ciudad. En resumen: la calidad de aire depende de las fuentes emisoras: industrias, vehículos (fuentes fijas y móviles), pero se mitigaba por la barrera vegetal que se perdió, es decir, la deforestación en un sector del territorio alteró la velocidad de los vientos, la temperatura ambiente, el efecto isla térmica urbana, reteniendo los gases contaminantes de la atmósfera que antes se evacuaban naturalmente. Este ejemplo permite identificar con facilidad cómo una acción que se realiza en un sector del ecosistema urbano, afecta todo el territorio.

En un ecosistema, cada uno de sus seres consume agua, alimento, aire y genera residuos a su alrededor. Claramente, los mayores impactos en el territorio son causados por la actividad humana, esto, a su vez, implica que cada habitante tiene el potencial de mitigar estos impactos o, incluso, impactar positivamente el territorio para lograr que sus interacciones cotidianas sean cada vez menos agresivas y, en el mejor de los casos, sean restaurativas o regenerativas; de cierta forma, ser más respetuosos con el planeta.

No se trata de eliminar la actividad constructora, porque es importante en cuanto a generación de empleo y crecimiento económico, pero si en la planificación del territorio se logra comprender la actividad en relación con el conjunto y se establecen áreas de protección claras y áreas de crecimiento urbano, entendiendo la importancia de la protección y la preservación de ecosistemas, espacio público y parques, se pueden tener ciudades sostenibles y territorios resilientes capaces de mitigar el cambio climático y con capacidad de albergar de manera eficiente a sus habitantes, el aparato productivo y las especies naturales. De hecho, De hecho, una buena noticia es el crecimiento que tenido en Colombia y el mundo la construcción sostenible.

Uno de los grandes retos en la gobernanza y la planificación de los territorios es precisamente hacer que estos sean sostenibles en los aspectos ambiental, social y económico. Desde esa perspectiva, ¿cómo sería un territorio sostenible? ¿Con movilidad sostenible, con una matriz energética limpia, con sistemas de reutilización de aguas, con capacidad de producir en su radio cercano o localmente la mayoría de los alimentos que consume, con una excelente cobertura de transporte público, con una amplia red de parques y corredores de fauna, con una amplia participación de la industria verde, con innovación social, con una infraestructura de residuos enfocada en el aprovechamiento y el reciclaje, con edificaciones sostenibles? La verdad es que no hay fórmulas universales, pero sí hay ejemplos y referentes alrededor del mundo con combinaciones de algunas de las estrategias mencionadas anteriormente.

Cada ciudad tiene su propia dinámica, sus propios hábitos de consumo y un potencial único hacia la sostenibilidad. Por ejemplo, Antwerp se enfocó en la inclusión social y la moda sostenible; Austin desarrolló un mercado de materiales y residuos para promover simbiosis industrial y reducir la generación local de residuos; Londres incentiva la reutilización de textiles, entre muchas otras iniciativas, y es referente a nivel mundial en sostenibilidad y economía circular; Nueva York implementó una estrategia de edificios basura cero y, junto con Singapur, Vancouver y Barcelona, aspiran a ser ecociudades.

En Colombia, donde la construcción sostenible ha tenido crecimiento sostenido, se cuenta con la Misión de Crecimiento Verde y la Estrategia Nacional de Economía Circular ―ENEC―, que promete ser herramienta muy poderosa que impactará la planificación de los territorios, ciudades, cadenas de valor, industria y consumidores. ¿Qué tal si a la industria verde y a la construcción sostenible le sumamos una manera sostenible de planificar el territorio? Esto es precisamente lo que fomenta la ENEC, allí radica su gran potencial.

Si la ENEC logra el impacto esperado, se fortalecería la industria verde, el consumo responsable y se generarían nuevos modelos de negocio alrededor de la economía circular.

Es importante que esta herramienta de planificación se articule con modelos de gestión urbana para que sea posible garantizar que el territorio se desarrolle tal como se planea y que el modelo sostenible trascienda los periodos electorales para que haya continuidad, de lo contrario, el modelo de desarrollo económico será dominado por las fuerzas económicas, revirtiendo los esfuerzos en materia de protección ambiental y poniendo en riesgo la capacidad de soporte territorial y la estructura del ecosistema urbano. No se trata de irse a los extremos, pero hay que ser realistas: un territorio sostenible y competitivo es capaz de abastecerse en su entorno inmediato, y esto no será posible sin un uso y una gestión eficientes de los recursos naturales.

No es un tema filantrópico, es un tema de supervivencia, eficiencia y competitividad. En algunas ocasiones, los grandes centros urbanos resultan siendo una especie de agujeros negros que succionan las regiones cercanas, generando impactos irreversibles. Por ello, cada vez cobra más relevancia el componente ambiental en la planificación y la gestión de los territorios. Los grandes centros urbanos son depredadores de recursos, los cuales deberían restaurarse de manera proporcional al consumo, y cuando no se hace, se generan daños irreversibles que ponen en peligro la disponibilidad futura de recursos, la seguridad alimentaria, el abastecimiento de materias primas, la biodiversidad. Desafortunadamente, cuando estos efectos se perciben ya no hay marcha atrás. De allí la importancia de actuar a tiempo, de proteger lo existente, de modificar los hábitos de consumo.

Sin embargo, es importante tener claro que la sostenibilidad no es solo una cuestión del gobierno, sino de todos: sector público, privado, ciudadanos y academia. Todos consumimos recursos naturales, por consiguiente, todos podemos hacerlo de manera eficiente. ¿Qué hábitos tendría un ciudadano sostenible? El consumo responsable es sin duda uno de ellos; hay prácticas sencillas pero poderosas que generan un gran impacto positivo: ahorrar agua, apagar las luces que no se necesitan, separar correctamente los residuos para facilitar el reciclaje y el aprovechamiento de estos, comprar productos locales, evitar el uso excesivo de empaques y plásticos, usar productos biodegradables. Acciones tan sencillas y fáciles de implementar, tienen un gran impacto si cada vez más personas las realizan.

Pequeños cambios traen grandes resultados; desde los gobiernos se planifica lo macro, pero somos los ciudadanos quienes de en lo cotidiano impactamos los ecosistemas urbanos, y si mejoramos los hábitos de consumo, apoyamos el uso eficiente de recursos naturales en el territorio.

Soy conferencista y me gusta cerrar las conferencias con este mensaje, y este artículo no será la excepción: Colombia es el segundo país más megadiverso del planeta, esto representa un gran orgullo, pero también una gran responsabilidad para proteger los ecosistemas existentes, y de este modo, seguir ostentando este honorable título.

Destacado 1. Los mayores impactos en el territorio son causados por la actividad humana, esto, a su vez, implica que cada habitante tiene el potencial de mitigar estos impactos o, incluso, impactar positivamente el territorio para lograr que sus interacciones cotidianas sean cada vez menos agresivas y, en el mejor de los casos, sean restaurativas o regenerativas; de cierta forma, ser más respetuosos con el planeta.

Destacado 2. Es importante tener claro que la sostenibilidad no es solo una cuestión del gobierno, sino de todos: sector público, privado, ciudadanos y academia. Todos consumimos recursos naturales, por consiguiente, todos podemos hacerlo de manera eficiente.