Por: Ana Jaramillo Abadía

El Análisis de Ciclo de Vida (ACV) nos permite cuantificar la huella ambiental de cada etapa del ciclo de vida al identificar los procesos más contaminantes, comparar procesos y analizar escenarios de producción alternativos para determinar opciones de mejora ambiental.

Ayer, mientras tomaba un café en mi lugar de trabajo, se sentó a mi lado uno de mis compañeros. Él también tomaba un café, con la gran diferencia de que yo lo hacía en mi vaso reutilizable y él, en vaso desechable, y para evitar quemarse ¡utilizaba tres vasos!

Rápidamente, mi cabeza inició un cálculo matemático: 3 vasos x 2 cafés al día x 20 días laborales x 12 meses = fácilmente, mi compañero puede estar utilizando ¡1500 vasos desechables al año solo en horas laborales y sin contar ninguna actividad que él realice en su tiempo libre!
Por mi parte, mi vaso reusable junto con las llaves, teléfono, tarjeta de transporte, identificación de trabajo y tapabocas, hace parte de la lista de cosas que deben acompañarme cada vez que salgo de casa.

Mi pasión por el cuidado del medio ambiente hace que constantemente evalúe el impacto ambiental de mis acciones, los productos que compro y los servicios que utilizo. Tal vez, producir un vaso reutilizable requiera de más recursos y energía que producir un solo vaso desechable. Sin embargo, su reutilización evita los recursos utilizados en la elaboración del segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto… un millar y medio de vasos que por sus hábitos de consumo utiliza y desecha mi compañero cada año.

A su turno, reutilizar mi vaso también evita las emisiones producidas por la extracción de materia prima, transporte a la planta de producción, proceso de producción, transporte al lugar de venta o lugar de consumo y disposición final.
El impacto ambiental a lo largo de un proceso productivo o la prestación de un servicio se hace comúnmente a través de una herramienta de gestión ambiental llamada Análisis de Ciclo de Vida (ACV). Este proceso nos permite cuantificar la huella ambiental de cada etapa del ciclo de vida al identificar los procesos más contaminantes, comparar procesos y analizar escenarios de producción alternativos para determinar opciones de mejora ambiental.

Tal vez uno de los muy pocos beneficios que la pandemia le ha traído al mundo es haberles bajado el ritmo a nuestros insostenibles hábitos de consumo. Aun así, para el 22 de agosto de 2020 ya habíamos consumido los recursos que el planeta logró regenerar en todo el año (Overshootday 2020).

En este momento, la demanda por recursos para satisfacer nuestros estilos de vida nos exige un cambio en nuestra forma de pensar: dejar de pensar en cómo manejar desechos y concentrarnos en cómo maximizar la productividad de recursos a lo largo de la cadena de valor de productos y servicios. La adopción de modelos de negocios que le dan prioridad al mantenimiento, la recuperación y la reutilización de recursos antes de llegar al reciclaje, cumple un papel fundamental.

Estos procesos necesitan del aval de sistemas de evaluación ambiental para la validación del cumplimiento de sus objetivos en pro del medio ambiente. De allí, la importancia de contar con sistemas de ACV basados en información y datos relevantes a la ubicación geográfica del lugar donde se lleve a cabo el proceso en estudio.

La utilización de datos locales para el ACV nos permite llegar a resultados más confiables, base para la evaluación de políticas ambientales para los gobiernos, la elección de materias primas, diseños y procesos de producción para las empresas y una elección informada para los consumidores en el momento de determinar qué comprar o usar.

Con excepción de los países europeos y de Estados Unidos, son muy pocos los países en el mundo que cuentan con bases de datos propios para la realización de ACV. Como respuesta a este problema y a la inminente carencia de información, las Naciones Unidas lleva años trabajando en el proyecto Hoja de ruta para la creación de bases de datos nacionales de análisis del ciclo de vida.

Este documento, que fue publicado a mediados de junio de 2020, es una guía práctica y un instrumento para fomentar y armonizar el apoyo y los esfuerzos de múltiples interesados, necesarios para generar, estructurar y difundir datos sobre el ACV.

En América Latina, los profesionales peruanos del ACV recorrieron un largo camino en el último decenio, que culminó con la creación de Perú LCA, la base de datos nacional de ciclo de vida, que desde marzo de 2020 está conectada a la red de Acceso a Datos Mundiales ACV (GLAD). Sin lugar a dudas, un paso muy importante en la región, frente al cual esperamos que muchos otros países a nivel mundial busquen unirse.

¡Claramente, hay mucho por hacer! Este no es un proceso fácil y requiere del compromiso activo, a largo plazo, del sector público y privado para su elaboración.

Sin embargo, es necesario que el mundo entienda la importancia del ACV como solución para una falencia en el proceso de toma de decisiones relacionadas con el impacto ambiental de los ciclos de vida de productos y servicios a nivel global, y emprenda acciones para agilizar la creación de bases de datos locales. Brasil, México, Chile y Ecuador se perfilan como próximos candidatos en la construcción de bases de datos propias. Es posible que estos esfuerzos, acompañados de procesos de educación y concientización, sirvan para que, además de gobiernos y empresas, millones de personas, como mi compañero, puedan hacer una evaluación más objetiva y tomar decisiones de consumo más acordes con las necesidades del mundo actual.

En este momento, la demanda por recursos para satisfacer nuestros estilos de vida nos exige un cambio en nuestra forma de pensar: dejar de pensar en cómo manejar desechos y concentrarnos en cómo maximizar la productividad de recursos a lo largo de la cadena de valor de productos y servicios.

Es necesario que el mundo entienda la importancia de la ACV como solución para una falencia en el proceso de toma de decisiones relacionadas con el impacto ambiental de los ciclos de vida de productos y servicios a nivel global.